Crónica FIB 2026: tres jornadas para celebrar treinta años de historia
Benicàssim volvió a reunir guitarras, pop, electrónica y ganas de pasarlo bien en una edición marcada por Franz Ferdinand, Kaiser Chiefs, Sophie Ellis-Bextor, Pendulum, The Prodigy y, por encima de todos, Biffy Clyro. El FIB no necesita demasiadas presentaciones, ya que 30 años después de su nacimiento, sigue ocupando un lugar muy concreto en la memoria de varias generaciones.
La edición de 2026 volvió a apoyarse en esa identidad, aunque sin renunciar a los cambios que el festival ha ido incorporando con el paso del tiempo. Durante tres jornadas convivieron el indie, el pop nacional, el rock de estadio, la música disco, el drum and bass, el grime y la electrónica. Un cartel amplio, a veces difícil de encasillar, pero que terminó encontrando su propio relato a medida que avanzaba el fin de semana.

Jueves 16 de julio: la apertura entre nuevas generaciones y viejos himnos
El festival abrió sus puertas con un recinto muy activo desde primera hora de la tarde y una presencia internacional evidente. El público fue entrando de forma progresiva, todavía con energías intactas y con esa mezcla de curiosidad y expectación que siempre acompaña al primer día.
Walls fue uno de los primeros nombres capaces de concentrar una respuesta realmente notable. El murciano reunió a un público muy joven que coreó buena parte del repertorio y confirmó que su crecimiento ya no puede considerarse una simple promesa. Se mostró cercano, cómodo y con una seguridad escénica que dio al concierto una frescura especial. Poco después llegó Lori Meyers, una banda cuya relación con el FIB parece renovarse cada vez que pisa Benicàssim. Los granadinos desplegaron un repertorio pensado para conectar de inmediato, sin necesidad de largos rodeos. Canciones como «Luces de neón» o «Emborracharme» transformaron la explanada en un karaoke colectivo en el que convivían seguidores de distintas generaciones.
Pero el gran momento de la noche llegó con Franz Ferdinand. La banda escocesa ofreció uno de los conciertos más esperados del jueves y respondió con oficio, energía y una colección de canciones que siguen funcionando con una precisión casi infalible. Desde los primeros compases quedó claro que el grupo mantiene intacta su capacidad para convertir un concierto de rock en una pista de baile.
«Take Me Out«, «Do You Want To» o «No You Girls» provocaron algunas de las mayores explosiones de la jornada. La banda enlazó temas sin apenas conceder un respiro y convirtió el escenario principal en una celebración que remitía directamente a los años en los que el indie británico dominaba buena parte de los festivales europeos. Franz Ferdinand sonó compacto, elegante y fue muy consciente de sus puntos fuertes.

La madrugada cambió de registro con Tinie Tempah. El británico llevó la noche hacia terrenos urbanos, mezclando hip hop, grime y electrónica en una actuación concebida para prolongar la fiesta hasta altas horas. Después de las guitarras y los estribillos del escenario principal, su propuesta funcionó como una transición natural hacia las zonas más electrónicas del recinto.
El jueves también dejó espacio para Ultraligera, Carlos Ares, Besmaya, Bandalos Chinos, Julieta, Mafalda Cardenal y The Hunna. Esa variedad terminó definiendo una primera jornada equilibrada, donde los nombres consolidados convivieron con una nueva generación de artistas españoles que ya empieza a reclamar escenarios de mayor tamaño.
Viernes 17 de julio: guitarras británicas, Studio 54 y una madrugada de subgraves
El viernes era, sobre el papel, la jornada más reconocible para quienes todavía asocian el FIB con las guitarras británicas, los grandes estribillos y las madrugadas dominadas por el bajo, una mezcla de indie, pop nacional, disco, drum and bass y electrónica para atravesar la noche sin demasiados descansos.
The Kooks encontraron una respuesta especialmente cálida entre quienes todavía mantienen una conexión emocional con sus primeros discos. Su repertorio conserva esa ligereza melódica que convirtió a la banda en una de las formaciones más populares del indie británico de mediados de los dos mil. La La Love You, por su parte, volvió a demostrar que ya juega en otra categoría dentro del pop español. Su capacidad para convocar, conectar y convertir canciones en momentos colectivos los sitúa entre los grupos nacionales con mayor recorrido de cara a los próximos años.

Pero uno de los primeros grandes golpes de la noche llegó con Kaiser Chiefs. La banda apareció sabiendo perfectamente qué esperaba el público. No tenía que presentar una nueva identidad ni justificar su presencia. Bastaba con mantener la intensidad y dejar que las canciones hablaran. Ricky Wilson volvió a ejercer como vocalista, agitador y maestro de ceremonias. Recorrió el escenario, provocó a las primeras filas y dirigió cada estribillo como si estuviera frente a un público que llevaba años esperando ese momento.
«Everyday I Love You«, «Less and Less«, «Never Miss a Beat«, «Ruby «, «I Predict a Riot» fueron recibidas con una respuesta inmediata. Ofrecieron un directo rápido, físico, divertido y lleno de canciones que han envejecido mucho mejor de lo que algunos pensaron en su momento.
Después llegó uno de los cambios de atmósfera más celebrados del festival. Sophie Ellis-Bextor convirtió Benicàssim en una versión mediterránea de Studio 54 con brillo, elegancia, teatralidad y una banda dispuesta a tratar cada tema como el momento central de una fiesta. Ellis-Bextor apareció con la seguridad de quien conoce perfectamente su personaje escénico, pero sin caer en la frialdad ni en la pose. Sonrió, habló con el público y manejó la actuación con una naturalidad que hizo parecer sencillo lo que estaba ocurriendo.
«Take Me Home«, «Get Over You» y «Groovejet» transformaron la explanada. Durante ese tramo ya no había pogos ni brazos esperando la entrada de una guitarra. Había caderas, palmas, lentejuelas y una multitud dispuesta a bailar sin complejos. La cantante británica reivindicó una forma de entender el pop basada en canciones bien construidas, músicos sobre el escenario y una presencia capaz de sostener el espectáculo sin esconderse detrás de una producción excesiva.
«Murder on the Dancefloor» provocó uno de los grandes momentos de todo el fin de semana. La canción empezó y el público hizo el resto. Durante unos minutos, parecía que todo Benicàssim bailaba al mismo tiempo. Fue una de las actuaciones más luminosas, elegantes y disfrutables de la edición. También una de las que mejor recordó que el FIB puede vivir de las guitarras, pero nunca ha renunciado a una buena pista de baile.

La noche cambió de nuevo cuando Pendulum apareció en el escenario Heineken. Lo suyo no fue un concierto para contemplar desde una distancia prudente. Fue una embestida. El grupo australiano llegó en formato live, combinando batería, guitarras, sintetizadores y bajos electrónicos con una contundencia difícil de igualar. Pendulum no interpreta drum and bass como quien enlaza temas en una sesión. Lo toca como una banda de rock.
Cada subida tenía peso. Cada pausa preparaba un impacto. Cada bajo parecía pensado para atravesar el pecho antes que los oídos. «Granite«, «Witchcraft«, «Watercolour» y «Propane Nightmares» fueron sucediéndose sin apenas tregua. Las primeras filas se convirtieron en una sucesión de saltos y empujones, mientras el resto de la explanada trataba de seguir un ritmo que casi nunca concedía descanso.
Rob Swire dirigió la actuación con precisión, pero fue la combinación entre batería y subgraves la que terminó imponiéndose. Hubo momentos en los que el escenario parecía demasiado pequeño para contener la energía que salía de él. Pendulum puso patas arriba el Heineken porque entendió algo esencial, que a esas horas, después de kilómetros caminados y varios conciertos encima, el público ya no necesitaba sutileza. Necesitaba un golpe.
Y el golpe llegó. Example recogió el testigo y llevó el cierre hacia un terreno más cercano al club. Su actuación mezcló rap, electro, bass music y algunos de los himnos más reconocibles de la electrónica británica de los últimos años. «Changed the Way You Kiss Me«, «Kickstarts» y «Stay Awake» mantuvieron la intensidad cuando la noche ya debería haber comenzado a mostrar signos de agotamiento.
Pero el verdadero protagonista del cierre fue el sonido. Los subgraves descendían hasta frecuencias que apenas se escuchaban y que, sencillamente, se sentían. Alrededor de los 20 hercios, el sonido deja de comportarse como una nota convencional y se convierte en una vibración física. El pecho, la ropa y hasta el suelo parecían reaccionar antes que el oído. Cada caída del bajo generaba una onda que atravesaba el recinto.
Sábado 18 de julio: el mejor concierto del festival
El sábado llegaba con la obligación de estar a la altura de las expectativas con 4 nombres capaces de representar distintas generaciones del rock y la electrónica, y un público que sabía que la última jornada podía convertirse en la más intensa del fin de semana.
Jet abrió esa gran secuencia con un concierto de rock sin artificios. Los australianos aparecieron con guitarras afiladas, riffs directos y una actitud que remitía al mejor rock de su país. «Are You Gonna Be My Girl«, «Cold Hard Bitch» y «Rollover DJ» fueron recibidas como si nunca hubieran dejado de sonar. El concierto se construyó desde la sencillez, sin necesidad de grandes producciones visuales.

The Fratellis aportó el tramo más festivo de la jornada. Su actuación convirtió el escenario Cutty Sark en una especie de pub escocés a cielo abierto. El grupo enlazó canciones con una naturalidad admirable y encontró una respuesta inmediata en un público que parecía conocer cada estribillo y todo desembocó en «Chelsea Dagger«, uno de los momentos más corales del sábado. Fue un concierto sencillo en el mejor sentido de la palabra: una banda sólida, canciones eficaces y miles de personas dispuestas a pasarlo bien.
Y entonces llegó Biffy Clyro. Si hubiera que elegir una sola actuación para explicar el FIB 2026, probablemente bastaría con mencionar su nombre. Los escoceses ofrecieron un concierto enorme. No solo por la calidad musical, sino por su capacidad para conectar emocionalmente con un público que respondió desde la primera nota hasta el último acorde. Simon Neil apareció completamente concentrado. No necesitó largos discursos ni gestos grandilocuentes, simplemente dejó que fueran las canciones quienes hablaran.
Desde el comienzo quedó claro que aquello no era únicamente otro concierto de festival, ya que se respiraba una intensidad, dinámica y una sensación permanente de estar asistiendo a algo importante. «Mountains«, «Biblical«, «Many of Horror«, «Black Chandelier» y «Bubbles» fueron creciendo hasta transformar la explanada en una comunión entre banda y público.
La gran virtud del grupo estuvo en el equilibrio. Biffy Clyro sonó enorme cuando el repertorio exigía contundencia, pero también supo detener el tiempo en los pasajes más emocionales. Pocas bandas manejan con tanta naturalidad esos cambios de intensidad. Las guitarras de Simon Neil alternaban momentos atmosféricos con explosiones de distorsión perfectamente medidas, mientras James Johnston y Ben Johnston sostenían una base rítmica compacta y poderosa.
Hubo actuaciones más espectaculares desde el punto de vista visual, pero ninguno transmitió tanto. Al terminar, buena parte del público abandonó la explanada con la sensación de haber presenciado algo distinto. No solo un gran concierto, sino el momento que acabaría definiendo toda la edición.
Después de semejante exhibición, parecía complicado mantener el nivel. Pero entonces apareció The Prodigy. Lo suyo ya no pertenece únicamente al ámbito del concierto. Es una experiencia física. Desde la primera descarga electrónica, la banda británica dejó claro que no iba a conceder ni un segundo de descanso. «Breathe«, «Firestarter«, «Omen«, «Voodoo People«, «Smack My Bitch Up» y «Out of Space» fueron recibidas como detonaciones.
Las pantallas, las luces estroboscópicas y el muro de sonido transformaron el escenario principal en un enorme club al aire libre. La ausencia de Keith Flint sigue siendo inevitable, pero el grupo ha conseguido convertir sus conciertos en un homenaje a su legado sin caer en la nostalgia vacía. Lo que sucede sobre el escenario continúa siendo feroz, agresivo y sorprendentemente actual. The Prodigy cerró el festival con la violencia controlada que siempre ha caracterizado su propuesta. No fue un epílogo tranquilo. Fue una demolición.
El sábado también dejó buenas actuaciones de Dorian, Circa Waves, Sexy Zebras, La Habitación Roja, Paula Mattheus, Carlangas, Santero y Los Muchachos y Sienna, completando una jornada equilibrada entre nombres históricos y nuevas propuestas.
Lo que el FIB debe recuperar en 2027
Sin embargo, no todo fueron aciertos. Y de eso también hay que hablar. Una edición que celebra treinta años de historia también debe servir para mirar hacia delante y detectar aquello que necesita mejorar. Y hay dos cuestiones que aparecieron de manera recurrente en las conversaciones con muchos fibers: el peso de la electrónica dentro de la programación y los precios del recinto.
El FIB siempre ha sido un festival en el que la electrónica ha brillado con luz propia. No como un complemento menor ni como una programación residual para cubrir las últimas horas de la noche, sino como una parte esencial de su identidad. Durante años, Benicàssim fue capaz de cerrar sus jornadas con artistas y proyectos que estaban a la altura de los grandes nombres del cartel principal.
Quienes llevan tiempo asistiendo al festival recuerdan aquellos cierres de Tiga, Soulwax, 2manydjs o Laurent Garnier. No eran simples sesiones para alargar la noche. Eran actuaciones con entidad propia, nombres capaces de mantener el recinto vivo hasta el amanecer y de convertir el tramo final de cada jornada en uno de los grandes reclamos del festival.
En 2026, el escenario Poliakov no estuvo a la altura de un festival del tamaño, la historia y la proyección internacional del FIB. Ni por la relevancia de buena parte de los nombres programados ni por la calidad y contundencia del sonido. La electrónica necesita un espacio mejor definido, una producción técnica más ambiciosa y artistas capaces de competir en importancia con las bandas del escenario principal.
El FIB debe volver a esa senda en 2027. Recuperar grandes DJs y proyectos electrónicos para cerrar cada jornada no significaría vivir de la nostalgia, sino reconectar con una parte fundamental de su historia. Benicàssim debería volver a ser un lugar donde una banda de guitarras pueda dar paso, sin que disminuya la intensidad, a una sesión de primer nivel internacional.
La segunda gran queja estuvo en las barras y en el merchandising. Es comprensible que, con un precio de abono especialmente reducido para un festival de estas características, una parte importante de los ingresos proceda del consumo dentro del recinto y de la venta de productos oficiales. El equilibrio económico de un evento de esta magnitud no es sencillo.
Sin embargo, fueron numerosos los asistentes que manifestaron su malestar por el precio de las consumiciones y por el elevado coste del merchandising. No se trataba de una queja aislada, sino de un comentario repetido durante las tres jornadas. Para una parte del público, beber o comprar un recuerdo oficial del festival terminó convirtiéndose en un gasto difícil de justificar.
De cara a 2027, sería conveniente revisar esa política de precios y buscar un punto más razonable entre rentabilidad y experiencia del asistente. Mantener abonos accesibles es una decisión positiva, pero no debería trasladar toda la presión económica al interior del recinto. Precios algo más equilibrados, vasos de mayor capacidad, promociones puntuales o una gama de merchandising con opciones más asequibles ayudarían a mejorar la percepción general sin perjudicar necesariamente los ingresos.
El FIB 2026 dejó grandes conciertos y momentos inolvidables, pero también recordó que un festival no se mide únicamente por su cartel. El sonido, los servicios, los precios y la programación de madrugada forman parte de la experiencia. Si Benicàssim quiere que su próxima edición vuelva a estar entre las grandes referencias europeas, deberá cuidar todos esos elementos con la misma atención que dedica a sus cabezas de cartel.
Para más información, visita la página web de FIB Benicàssim.
