El nacimiento del FIB: cómo Benicàssim pasó de ser una localidad costera a un símbolo europeo de la música alternativa

A mediados de los años 90, España todavía estaba aprendiendo lo que significaba vivir un festival de música tal y como hoy lo entendemos. Existían conciertos multitudinarios, fiestas populares y ciclos culturales, pero aquello de viajar cientos de kilómetros para convivir varios días alrededor de un cartel musical todavía era una rareza reservada a unos pocos. Europa ya llevaba ventaja y, Reino Unido había convertido festivales como Glastonbury Festival o Reading Festival en auténticos fenómenos culturales.

España, en cambio, todavía estaba construyendo su propia identidad alternativa tras la resaca cultural de los 80 y el impacto de la Movida Madrileña. Fue así como un pequeño municipio costero de Castellón empezó a cambiar su historia sin saberlo. Benicàssim era, por aquel entonces, una localidad mediterránea conocida principalmente por el turismo de verano, pero nadie imaginaba que aquel lugar terminaría convirtiéndose en uno de los enclaves más importantes de la música alternativa europea.

España en los 90: guitarras, electrónica y una nueva generación

La música española estaba atravesando una transformación profunda. El rock alternativo comenzaba a ganar espacio, el indie empezaba a construir una escena propia y la electrónica vivía una explosión que conectaba directamente con lo que ocurría en Londres, Manchester o Berlín. Bandas como Los Planetas, Australian Blonde o Sexy Sadie empezaban a romper con el pop tradicional español. Al mismo tiempo, el britpop dominaba Europa gracias a nombres como Oasis, Blur o Pulp.

La juventud española comenzaba a mirar hacia Reino Unido no solo musicalmente, también culturalmente. La forma de vestir, las revistas musicales, los clubes, las radios alternativas y el concepto de festival empezaban a importar tanto como los propios discos y, en este nicho es donde apareció el FIB.

Los hombres detrás de la idea

El Festival Internacional de Benicàssim nació oficialmente en 1995 impulsado por los hermanos José y Miguel Morán junto a Ernesto González. La idea era sencilla sobre el papel pero revolucionaria para la España de aquella época, intentando crear  un festival moderno, abierto a sonidos alternativos y con una identidad claramente internacional.

El clima mediterráneo, la cercanía de la playa y la capacidad de alojar a miles de personas convertían la localidad en un enclave perfecto para experimentar con aquel nuevo formato. Lo que empezó casi como una aventura cultural terminó siendo toda una revolución.

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La primera edición: pequeña, imperfecta y ya histórica

La primera edición del festival se celebró en agosto de 1995. Muy lejos todavía de las cifras gigantescas que llegarían años después, aquel primer FIB reunió aproximadamente a unos 8.000 asistentes que, a día de hoy acostumbrados a los eventos multitudinarios, puede parecer poco, pero para la España musical de los 90 aquello era enorme.

El cartel ya dejaba clara la filosofía del festival ya que englobaba el indie, el rock alternativo, la electrónica y propuestas difíciles de encontrar en eventos españoles de la época, como The Jesus and Mary Chain, Ride, Los Planetas o Dave Clarke.

El público que acudió a esa primera edición sentía que estaba descubriendo algo diferente. No existían todavía las redes sociales, ni los festivales masivos que hoy dominan el verano español. Todo se movía por revistas, radios musicales y el boca a boca.

Los primeros abonos del FIB rondaban las 8.000 o 10.000 pesetas dependiendo de la edición y del momento de compra. Traducido a euros, aquello suponía aproximadamente entre 50 y 60 euros, cosa que hoy resulta casi imposible imaginar para un festival internacional de varios días. Pero en aquella época el objetivo principal no era maximizar beneficios, ya que el festival todavía estaba construyendo identidad, público y reputación.

La influencia británica: el secreto que transformó Benicàssim

Uno de los grandes aciertos del FIB fue entender antes que nadie el potencial del público británico. Mientras muchos festivales españoles seguían pensando únicamente en el mercado nacional, Benicàssim empezó a atraer turistas musicales llegados desde Reino Unido. Sol, playa, alcohol barato comparado con Inglaterra y bandas que también giraban por Europa. Esto hizo que muy pronto comenzaron a aparecer vuelos organizados, paquetes turísticos y promociones especiales para público internacional.

Fue entonces cuando apareció una palabra que terminaría formando parte de la cultura popular del festival: “fiber”. El término empezó utilizándose para describir a quienes repetían año tras año la experiencia de Benicàssim, pero con el tiempo terminó representando una identidad propia.

Ser fiber no era solamente asistir a conciertos, era mucho más: dormir en camping durante días, soportar el calor mediterráneo de agosto,
descubrir bandas nuevas, convivir con miles de personas, ver amanecer después del último concierto o convertir la música en una experiencia colectiva

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Benicàssim cambió para siempre

La llegada del festival transformó completamente la localidad. Hoteles llenos, apartamentos agotados, bares trabajando hasta la madrugada y miles de jóvenes caminando por las calles cada verano. El impacto económico empezó a ser evidente muy rápido.

Pero también hubo un impacto cultural, ya que Benicàssim pasó de ser un destino turístico tradicional a convertirse en una referencia europea de música alternativa. Durante algunos años, hablar del verano musical europeo obligaba a mencionar el FIB junto a gigantes históricos del continente.

El principio de una leyenda

Con el paso del tiempo llegarían los grandes nombres, las cifras millonarias, los récords de asistencia y las portadas internacionales. Pero el verdadero ADN del FIB nació en aquellos primeros veranos donde todavía todo parecía improvisado, pequeño y auténtico.

Quizá por eso quienes vivieron aquellas primeras ediciones siguen hablándolo hoy con cierta nostalgia. Porque antes de convertirse en industria, el FIB fue una sensación;  la sensación de que España también podía tener un festival capaz de mirar de tú a tú a Europa; y en realidad, aquel fue el inicio de una nueva forma de vivir la música en este país.

Para más información y entradas, visita la página web de FIB Benicàssim.

Por Freeman (Spain) para NRF MAGAZINE

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